Flotan, danzan, revolotean y se zambullen en el aire las sensaciones impresas en las páginas, delimitadas con márgenes invisibles que ahuyentan lo convencional, incubando letras mágicamente confeccionas como conjuros que incitan a sentir el sofocante viento sumergido en el sol que exhala macondo, a respirar el aroma de las flores pisadas, a presenciar desaforados encuentros sexuales alimentados de lujuria familiar y placer eterno, o a humedecerse en la lluvia incesante que azotó durante cuatro años once meses y dos días las vulnerables casas confeccionadas con barro y mierda de animales, así lo narra Gabriel García Márquez “La atmosfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos“. Cien años de soledad zambullidos en páginas que suscitan las melancólicas, pasionales, sangrientas, dramáticas, y encarnativas vivencias de los Buendía. Macondo es aquel pueblo donde nada sucede y sucede todo, es un mundo labrado con verbos que describen exquisitamente lo nunca antes descrito; la sensación de leer con los sentidos, en la máxima expresión que pueda alcanzar esta acción.
Sobre las calles de un pueblo polvoriento emergían y reinaban periódicamente cuantos males habían sido paridos por la humanidad para la glorificación y sacarificación de la misma: La religión, la política, la guerra, la peste del insomnio, la lluvia y el amor, son algunas de las agonías más profundas que padecieron los habitantes de Macondo, todas se emulan y se condenan a la desaparición, excepto una que es comienzo y fin de todo lo habido en esta maraña de destinos: La muerte.
El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas“ He aquí el brote y ocaso de una leyenda creada para el deleite de las emociones, aferradas a una trama que narra su final arrastrada por el viento hacia el olvido “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad, no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra“. Esta leyenda es una esfera que gira despavoridamente, desemboca en el nacimiento y la muerte de una nueva voltereta, una ilusión encarnada en un ser humano que parece emular un antecesor y que carga sobre sus hombros un apellido, el Buendía, forjado en la efímera grandeza de un lugar concebido en medio de la nada; Macondo, emerge de los ajetreos constantes y los desatinos de un destino que en sus finales seria presagiado por un gitano, mago, sabio, espanto, y desquiciado llamado Melquíades, cuyo discípulo mas acérrimo llamado José Arcadio Buendía sería el fundador del pueblo de las mil historias que solo tuvo una que contar: Cien años de soledad.
Buendía, es un el conjuro que eriza las tierras áridas de la nada, y las convierte en pueblo; Macondo es el conjuro que evoca cuantas pasiones, lagrimas, romances, guerras, vidas y muertes se hallan impresas en estos cien años de soledad…
Alejandro Read.
CITAS:
Nací hijo de puta y muero hijo de puta. Roque Carnicero.
La atmosfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos
Estaba en la índole de los hombres repudiar el hambre una vez satisfecho el apetito.
Pensó confusamente, al fin capturado en una trampa de la nostalgia, que tal vez si se hubiera casado con ella hubiera sido un hombre sin guerra ni gloria, un artesano sin nombre, un animal feliz.